Gracias a mi mujer tengo un montón de libros para leer e instruirme, gracias a ella también, por “enviciarme” y sumergirme en la búsqueda y la inquietud que nos transmiten, sobre todo a nivel emocional. En una profesión tan bonita como la que ejerzo, los libros me han resultado fundamentales, como cuando sacas el carnet de conducir, una vez conseguido, te has de enfrentar a la circulación sin el profesor al lado, es un salto al vacío, a la realidad, que la teórica esta bien, pero que en el mundo real tienes que apañarte como puedes y, en mi caso, los libros, son el salvavidas.

Empecé hace muchos años de masajista, reflexólogo y maestro de reiki en las terapias naturales, que si bien podía haberme estado quieto, no lo hice, mi inquietud y mis ganas de conocimientos me llevó al mundo de la kinesiología, y se me abrió un gran abanico, como yo digo, un gran baúl, donde poder incluir todos mis conocimientos y seguir añadiendo todo lo que caiga en mis manos.

Al margen de asistir a cursos, seminarios, conferencias, etc.., los libros me ayudan a comprender y comprenderme, y desde entonces no he cesado de leer, para mí, y para los demás. Toda la cultura que adquiero con la lectura, la llevo a la práctica conmigo y con mis pacientes. Toda aquella información que consigo es muy posible que posteriormente le sirva a alguien, y por supuesto a mí mismo.

Gracias a la lectura, la culturización de mi mente,  puedo hablar, debatir, y lo que es más importante, no quedarme con una primera idea. Intentar ser yo mismo cuando se hablan de ciertos temas y tener un punto de vista lo más objetivo posible. 

He aprendido a saber como soy, mejor dicho, a saber como era. Lo que me gustaba y no me gustaba de mí, la imagen que quería dar, la que en realidad daba, y que al final, la que ven los demás de mí, es otra totalmente diferente. He aprendido a cambiar cosas, cosas de mí, no de los demás ni de mi entorno, he aprendido a aceptar, a empatizar (creo que eso ya lo llevaba de serie) y a ser asertivo. El querer tener siempre la razón te quita energía y sólo consigues enfadar y enfadarte. La preocupación por los hijos, el dinero, la pareja, el trabajo, etc, aumenta la ansiedad, el estrés, la tensión corporal, y si esa preocupación no va acompañada de una acción (a veces correcta y a veces no, eso también hay que aprenderlo), se entra en un bucle dificil de salir.

He aprendido a no hacer nada, y lo que es mejor, a no sentirme culpable por ello, he abandonado la sensación de perder el tiempo sino estoy ocupado en algo. He aprendido que la vida es larga, pero pasa muy deprisa, y que nuestros  pensamientos, juicios y creencias son, en definitiva, los que dictarán nuestro estado de ánimo, unas veces más alegres, otras menos, pero sólo depende de cada uno el porcentaje de alegría, que queremos en nuestro día a día.

No seamos ingenuos creyendo que “otros” nos van a solucionar esa papeleta, cambiar esos hábitos no lo harán los demás por tí. Se ha de aprender, con o sin ayuda, pero si no hay cambio, todo seguirá igual y seguirás culpabilizando al mundo.

 


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